El conflicto armado: una historia que persigue a la niñez

Preparar la maleta para contar lo que duele

 

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La violencia volvió a recrudecer con fuerza a mediados de enero de 2025 y, desde entonces, el Catatumbo no ha tenido respiro. El territorio continúa siendo uno de los puntos más críticos de seguridad del país, un lugar donde el conflicto armado no es un recuerdo del pasado, sino una realidad que se vive día a día.

 

Como ocurre en cada escalada del conflicto, la niñez vuelve a ser una de las poblaciones más afectadas.

 

Los enfrentamientos armados incrementaron las condiciones de vulnerabilidad de niñas y niños que tuvieron que abandonar sus hogares junto con sus familias, sin garantías para la atención de sus necesidades básicas de alimentación, alojamiento, recreación y educación. A esto se sumaron riesgos graves y persistentes, como el reclutamiento uso y utilización de niñas y niños por parte de grupos al margen de la ley.

 

A un año de esta situación, la situación no se detiene.

 

Recuerdo alistar mi maleta, mi cámara, leer los reportes y, junto al equipo, entender que íbamos a cubrir una situación de emergencia humanitaria donde niñas, niños y adolescentes estaban siendo profundamente afectados. Lamentablemente, no era la primera vez. Como equipo de comunicaciones, ya sabíamos que en la historia de nuestro país estas emergencias no terminan; se repiten, cambian de territorio, pero conservan el mismo dolor y sufrimiento.

 

Fue allí donde conocí a Sami*. *Nombre cambiado por protección*

 

Sami, como muchas otras niñas y niños desplazados por la violencia, se encontraba en un alojamiento temporal improvisado. Con algunos materiales (plásticos, telas, palo) las familias habían construido cambuches, pequeños espacios para separarse unas de otras y protegerse de la intemperie. En medio de ese contexto, Sami participaba en un espacio de protección que World Vision, junto a otras organizaciones de cooperación, estaban ofreciendo.

 

Recuerdo que se acercó a preguntarme por mi cámara. Se la mostré, la sostuvo con cuidado y me ayudó a tomar algunas fotos del espacio. Después, sin que yo se lo pidiera, empezó a contarme su historia.

 

Me dijo que su casa era grande y de madera. Que dormía bien y comía bien. Pero que un día escuchó que tenían que irse de la finca a la que habían llegado apenas unos meses atrás. Salieron rápido. Iba con su papá, su mamá y un vecino en un carro. Me contó que su tía estaba en Venezuela y que no era la primera vez que iban de un lugar a otro: venían de Venezuela a Colombia buscando un mejor futuro.

 

Junto con un colega del equipo de protección le hicimos una pregunta que solemos hacer a las niña y niños:


¿Qué es lo que más quieres?

 

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Pensamos que nos hablaría de un juguete, de algo que había dejado atrás. Pero su respuesta nos sobrecogió profundamente:
“Que se acabe la violencia”.

 

Después nos contó que en el refugio jugaba con otras niñas y niños que había conocido al llegar. Estaba en segundo de primaria y no había podido regresar a su casa. Hubo un silencio largo. Pensé que la conversación había terminado, pero Sami añadió: “Otro sueño que tengo es volver a mi casa, a mi colegio, estar con mis amigos y con mi familia unida”.

 

Sami tiene aproximadamente 10 años.

 

“Tengo el corazón solamente roto”

 

En otro de los albergues conocí a Mar*. Era un espacio más pequeño, con muchas niñas y niños de primera infancia e infancia. Mar me mostró su muñeca y me preguntó si era linda. Recuerdo que le dije que sí y que me gustaba mucho su peinado.

 

Me contó que vivía en El Tarra. “Tuve este problema, me echaron del Catatumbo” me dijo con una naturalidad, que dolía; continúa diciendo “Llegó una gente a la casa y nos dijeron que había que desalojar, que eso se iba a prender”.

 

Dejaron todo: sus cosas, su ropa, sus cuadernos. Mar había llegado al albergue apenas una semana antes de nuestra intervención. Le pregunté cómo se sentía.
Ya me amañé acá” respondió “hay más niños”

 

Luego, con una sinceridad desarmante, añadió: Me siento un poco triste y un poco feliz”.

 

Venía con su papá, su mamá y su hermana. Me dijo que lo más difícil fue dejarlo todo, especialmente sus estudios. Antes de despedirse, una vez me contó de su familia y de la actividad que habían hecho con otros niños, recuerdo que me miró y dijo una frase que aún resuena en mi:
Tengo el corazón solamente roto.

 

Mar tenía 13 años cuando hablé con ella.

 

Sami y Mar son el reflejo de la niñez en contextos de conflicto

 

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Las historias de Sami y Mar no son casos aislados. Son el reflejo de miles de niñas, niños y adolescentes cuya infancia ha sido interrumpida por la violencia. Según UNICEF, en la región del Catatumbo más de 20.000 niñas, niños y adolescentes han sido desplazados por el conflicto armado, obligados a huir de sus hogares y a enfrentar un futuro marcado por la incertidumbre, la deserción escolar y la ruptura de sus entornos protectores.

 

Detrás de cada cifra hay una historia que duele. El desplazamiento no solo implica perder una casa; significa perder rutinas, vínculos, seguridad y, muchas veces, la posibilidad de soñar sin miedo.

 

Día de las Manos Rojas: decir no a una niñez en guerra

 

Cada 12 de febrero, el mundo conmemora el Día de las Manos Rojas, una fecha que nos recuerda el compromiso global de rechazar el reclutamiento, uso y utilización de niñas, niños y adolescentes en los conflictos armados. La mano pintada de rojo es un símbolo de denuncia y como ejercicio de memoria y de resistencia frente a una violencia que sigue arrebatando historias.

 

En Colombia, esta conmemoración cobra un significado urgente. Los riesgos de reclutamiento, uso y utilización de la niñez persisten, especialmente en contextos de desplazamiento, confinamiento y pobreza. Levantar la mano roja es decir con firmeza: Nunca más niñas y niños en la guerra.

 

Llamado urgente a la acción humanitaria

 

Las voces de Sami y Mar, junto con las cifras que evidencian la magnitud de la crisis, nos interpelan como sociedad. Proteger a la niñez debe ser una prioridad humanitaria inaplazable.

 

Es urgente garantizar:

  • Acceso a alimentación, salud y educación para la niñez desplazada.
  • Espacios seguros y acompañamiento psicosocial que atiendan las heridas visibles e invisibles que deja el conflicto.
  • Acciones contundentes de prevención del reclutamiento, uso, utilización y otras formas de violencia contra la niñez.
  • Una respuesta coordinada y sostenida que ponga en el centro la dignidad y los derechos de las niñas y los niños.

 

Como dijo Sami, lo que toda niña y todo niño desea es sencillo y profundo: vivir sin miedo. Ese sueño no debería ser un anhelo, sino un derecho garantizado.

 

Mientras el conflicto persista, seguir contando estas historias es una forma de resistencia. No para normalizarlas, sino para insistir una y otra vez en que la niñez merece crecer en paz.

  

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