Danna tiene 9 años, es de Pereira y está cursando segundo grado porque ha tenido que cambiar varias veces de colegio. Quiere pasar a tercero, así que está estudiando mucho para aprenderse las tablas de multiplicar; precisamente, matemáticas y arte son sus materias favoritas. Además, quiere estudiar inglés porque quiere hablar varios idiomas. En medio de los sueños de Danna, de sus esfuerzos por aprender y por disfrutar del juego y de lo que le gusta, un día sintió que la tierra se movió, llevándola a sentir la angustia, el miedo y una gran compasión.
El 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7.4 con epicentro en el departamento del Chocó sacudió a Pereira.
Danna estaba en la escuela cuando empezó a sentir que la mesa se movía, pero lo primero que pensó fue que sus compañeros estaban provocando el movimiento. Fue entonces, cuando todo empezó a moverse más fuerte, que se dio cuenta de que estaba temblando. En ese momento, todos salieron corriendo del salón de clases, mientras la profesora les decía: “Agáchense y cúbranse la cabeza”.
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Dice que “veía a los papás intentando saltarse la reja del colegio solo para ver a sus hijos” y que, cuando se encontraban, veía cómo se abrazaban entre ellos. Danna pensó que su mamá no iría, pero luego vio a su hermana junto a su mamá, y en ese momento se sintió aliviada de estar con ellas y de saber que nada malo les había pasado.
En medio de la angustia, el caos y la incertidumbre, fueron a la casa de su abuelita para ver que estuviera bien. Efectivamente, ella y su familia no tuvieron afectaciones físicas, aunque las emocionales estaban por crecer a medida que iban viendo la realidad de la ciudad y reconociendo esos lugares que hace poco habían visto perfectamente bien. Danna se sorprendía cada vez que veía escombros, vidrios y casas caídas. Cuenta que en el barrio de su abuela se cayó una casa de 4 pisos y recuerda que en el primer piso había una tienda. Son justamente esas comparaciones mentales las que se suman a la tristeza que invade al ver lo que el temblor sepultó.
“Yo dije, no, esto es como el fin del mundo”, Danna.
Con el paso de las horas, Danna y su mamá seguían yendo a ver a sus familiares más cercanos, y en medio de esas visitas apresuradas llegaba la calma al confirmar que sus seres queridos estaban bien. En medio de su pensar, Danna dice que cuando llegaron a la casa de su tía, quien tiene una bebé de un año, ella cogió a la bebé y la alzó. En medio de todo, Danna veía la fragilidad de la bebé y comprendía el miedo que se siente al ver tanto caos y no entender nada, así que le dio un abrazo que cuida en medio de la angustia: un abrazo lleno de inocencia.
Fue así como esos abrazos se convirtieron en refugio. Danna, cada vez que se encontraba con personas cercanas, iba dando abrazos que aliviaban la pena del momento y que compartían el temor y la incertidumbre. Recuerda que abrazó a una amiguita mientras juntas lloraban por el miedo que aún las acompañaba.
A pesar de la angustia que sentía al ver la magnitud de la emergencia y de seguir su recorrido verificando que el resto de su familia estaba bien, en Danna no solo crecía la tristeza, también la compasión por quienes lloraban sus pérdidas materiales.
“Fuimos a la casa de una tía porque pensamos que se le había caído todo, pero gracias a Dios estaba bien”. Sin embargo, se encontraron con la sorpresa cuando llegaron donde un primo de su mamá. “Se llama Harold”, dice Danna mientras describe su apariencia física, como tratando de caracterizar a la persona que en ese momento vio en una situación difícil, a quien vio vulnerable y sin consuelo: “Me dio mucho pesar porque se le cayó la casa, y era él tirando las cositas... Qué pesar”.
La compasión de Danna en ese momento es evidente en sus palabras, en sus gestos, en su inocencia, en cómo le ha dolido lo sucedido. “Gracias a Dios todos estaban bien, pero yo siento muchos nervios”, menciona Danna, quien muestra que la tranquilidad de ver a su familia bien es lo que más la reconforta, pero que el miedo aún está presente.
“A mí me dio mucho susto, ¿usted sabe lo que yo sentí?”, expresa Danna, mientras se pone la mano en el pecho, como una forma de recordar esa angustia que aún sigue sintiendo.
Sumado a todo lo que vio Danna en su recorrido, ella junto a su mamá, su papá y su hermana, tuvieron que ver su propia realidad al llegar a su casa, que ya no podía ser su lugar para vivir. “En mi casa se hizo una grieta, yo pensaba que, si se hacía una grieta hasta el piso, las casas se iban a caer”.
Desde ese momento, Danna ya no pudo volver a su casa y tuvo que ir a un alojamiento temporal* junto a su familia, donde tuvo que enfrentarse a una realidad diferente en la que la privacidad y el compartir el mismo espacio con cientos de personas no le permitieron sentirse cómoda. Las horas de incertidumbre parecían eternas allí y ella solo quería volver a su hogar.
Con el paso del tiempo, Danna y su familia se fueron del alojamiento temporal* a un asentamiento humano* informal* con otras familias, debido a que una persona, líder ahora de la comunidad, les propuso que se fueran a un terreno que tiene. Allí se podrían establecer mientras las entidades pueden revisar qué pueden hacer por su casa, ya que en los alojamientos temporales no podrían quedarse mucho tiempo.
Este nuevo cambio a Danna le parece bueno. Dice que si ocurre otro terremoto, pueden salir más rápido porque pueden salir corriendo.
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Ahora su casa está sostenida por guadua, con carpas por lado y lado que les dan privacidad, y tejas metálicas para el techo, que los cubre de la lluvia o del sol que pasa entre las ramas de los grandes árboles que hay alrededor.
Su cama no tiene una base convencional: tiene un colchón que pone sobre canastas que trae su papá, de las que le dan en el trabajo donde transporta frutas. A pesar de eso, Danna dice que a ella le gusta dormir ahí y que está muy agradecida por todas las cosas que les han dado.
Aunque los días han pasado, la tristeza por ver la ciudad en caos se suma al miedo producido por la incertidumbre de que todo vuelva a pasar. Los comentarios sobre posibles réplicas y las noticias sobre la probabilidad de que el volcán Puracé hiciera erupción eran parte de lo que se escuchaba por esos días. Aunque vive en Pereira, lejos del volcán, Danna ha escuchado con miedo todo lo que comentaban los adultos a su alrededor, y ese miedo no era solo por ella, sino también por las demás personas que podrían verse afectadas.
Danna aún no está tranquila: dice que no duerme en las noches e incluso busca la manera de estar preparada por si vuelve a temblar u otra situación de tal magnitud vuelve a ocurrir. “Yo no voy a estar tranquila. Con las donaciones yo mantengo kits de emergencia; como papel higiénico, ropita, comida y agua, cosas, así como para cuando vuelva a pasar esto”.
Un miedo que la acompaña y le recuerda las historias de familias, de amigos, que perdieron sus viviendas, historias que ella vio de cerca: “Es muy triste sentir eso”.
Y aunque Danna se ha podido adaptar a los cambios que ha tenido con su familia, y aunque ahora tiene muchos juguetes y más espacio para jugar, confiesa que le hace falta ir al colegio, ese lugar que recuerda con tanta ilusión, pero que también tuvo afectaciones cuando un muro se cayó, prolongando el regreso tan anhelado.
A pesar del miedo y la incertidumbre que siente Danna, sus ojos brillan y una sonrisa se forma en su rostro cuando dice con convicción: “Yo quiero volver”. A quien más extraña es a su profesora: “Cuando la vea, la voy a abrazar muy fuerte”, expresa Danna con ternura, porque cuando tembló, ella solo quería abrazarla mucho, como si fuera su mamá. Un recuerdo que a la fecha tiene guardado como la sensación de que hay un abrazo que le falta dar, ese que necesitaba cuando todo se sacudió, pero que incluso el mismo movimiento de la tierra le quitó.
Aunque su cotidianidad cambió y su familia está establecida, hay algo que no la hace sentir como en casa: “No me gusta porque no hay muchos niños de mi edad para poder jugar con ellos, tampoco hay animalitos juguetones”. Esto evidencia que la niñez, en medio de todo, se adapta, pero que reconocer que hay cosas que les hacen falta en medio de una emergencia es clave para seguir acompañándolos.
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Precisamente, Danna ha recibido las ayudas que han llegado hasta el asentamiento: juguetes y peluches con los que juega, por lo cual está muy agradecida e inspirada para ayudar a otros, porque cuando les llegan muchas ayudas, las donan y las comparten con otras familias. Así se sigue multiplicando la esperanza.
Una esperanza como la que llevó World Vision con su visita al asentamiento, en donde entregaron kits de higiene a las familias y kits lúdicos para las niñas y niños. Una compañía, que en el tiempo que duró, fue suficiente para que niñas y niños como Danna recordaran que no están solos y que es su misma resiliencia la que inspira a seguir dando abrazos y palabras de aliento, y entregando ayudas que reconfortan e incluso motivan a ser instrumentos de esperanza.
“Todo eso que ustedes nos están dando es una gran ayuda, quiero decirles que muchas gracias. Cuando crezca, quiero ayudar mucho a las personas como ustedes para devolver lo que me dieron a mí.” Esas son las palabras de Danna, que dice mientras ve todo lo que había en los kits regado sobre la cama para ver cada cosa con detalle, sintiendo profunda alegría y mucha más motivación por algún día ser quien no solo se siente feliz por lo recibido, sino por ser quien puede llevar esa alegría a quienes más lo necesitan.
“Ellos nunca están solos, ellos están con Dios; Dios está al lado, atrás, adelante, en todo lado está Dios. Él nunca los va a dejar solos; Dios es nuestro papá. Gracias a Dios, muchas personas no salieron graves”, dice Danna al enviar un mensaje de aliento a las niñas y niños que también sienten el movimiento de la tierra aun cuando dejó de moverse para los demás.
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Niñas como Danna recuerdan la nobleza del corazón, la fortaleza que hay en los ojos de quien siente compasión por los demás, de quien se reconforta con un abrazo y, a pesar de estar pasando una difícil situación, anhela multiplicar esa ilusión que le han dado.
Danna tiene muchos sueños: quiere estudiar, ayudar a los animales y a todas las personas que estén en la calle para que tengan hogar y tengan comida. “yo sé que no voy a ser la más rica del mundo, pero sé que yo con mi corazón puedo ayudar a las personas.”
Un corazón noble, puro, lleno de fe y compasión, que desde ya lleva esperanza no solo a quienes han sido afectados por el terremoto del 10 de agosto, sino también a quienes escuchen su historia y sientan con la sensibilidad de Danna y digan:
“Ver mi país así es una tristeza y es como si me estuvieran tirando piedras en el pecho”. Danna, 9 años.
*Alojamiento Temporal: Es un lugar designado (como albergues, centros colectivos, carpas o módulos) para proteger de forma transitoria a personas afectadas por desastres naturales, emergencias o situaciones de vulnerabilidad extrema. (Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, 2024)
*Asentamiento Humano Informal: Espacios ocupados o construidos de manera espontánea, a menudo sin permisos de urbanización oficiales ni servicios públicos básicos completos. (Ecología verde, 2025)
Danna tiene un corazón noble, puro, lleno de fe y compasión, que desde ya lleva esperanza no solo a quienes han sido afectados por el terremoto del 10 de agosto, sino también a quienes escuchen su historia y sientan con la sensibilidad de Danna y digan: “Ver mi país así es una tristeza y es como si me estuvieran tirando piedras en el pecho”. Danna, 9 años.
A través de iniciativas enfocadas en el desarrollo integral, la crianza con ternura y la articulación comunitaria, la organización hace un llamado a proteger a las niñas frente a riesgos como la violencia sexual, la trata de personas y el matrimonio infantil.
La organización desarrolla acciones de prevención, promoción, acompañamiento psicosocial y fortalecimiento de capacidades en diferentes territorios del país.
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