Cuando la tierra comenzó a sacudirse, María Díaz de Paz solo tuvo tiempo de buscar a su esposo.
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La alarma sonó de manera inesperada y, milisegundos después, el apartamento donde vivían empezó a estremecerse con una fuerza que jamás había experimentado. Él cayó al suelo por la intensidad del movimiento y ella se arrodilló para sostenerlo mientras todo a su alrededor se venía abajo.
"Lo único que hice fue abrazarlo y clamar al Señor. Todo se caía a nuestro alrededor. Solamente estábamos pidiéndole a Dios por nuestras vidas y por las personas que estaban cerca de nosotros", recuerda.
María, no es solo una sobreviviente del terremoto que devastó gran parte de La Guaira, y causó desastres en otros estados del país. Es pastora junto a su esposo Alexis Paz, y durante años ha dedicado su vida a acompañar a otras personas desde la fe. Sin embargo, ese día, el papel de quien consuela parecía imposible de asumir.
Cuando el temblor terminó, encontró la pared de su habitación completamente derrumbada. Solo alcanzó a tomar las llaves y unas pocas pertenencias antes de salir junto a su esposo y su perrita, descendiendo por las escaleras llenas de escombros, rodeados de vecinos que intentaban escapar entre el miedo y el desastre.
Al llegar a la calle, el caos era absoluto. Personas heridas buscaban ayuda, vehículos trataban de abrirse paso y muchas familias no sabían dónde estaban sus seres queridos. En lugar de detenerse a pensar en lo que habían perdido, María y Alexis tomaron una decisión: abrir las puertas de su iglesia para convertirla en un lugar de refugio y atención para la comunidad.
Mientras organizaban la ayuda, llegó una noticia que cambiaría sus vidas para siempre.
Su hija les informó que parte de la familia había quedado atrapada bajo los escombros.
Equipos de rescate lograron salvar a su nuera y a su bisnieta, pero su hijo y su nieto no sobrevivieron. El dolor fue inmenso e indescriptible.
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Sin embargo, María decidió seguir adelante para acompañar a quienes también lo habían perdido todo creyendo firmemente que la misericordia de Dios estaba en medio de ellos.
"A pesar de nuestra pérdida, no hemos podido llorar, no hemos podido guardar nuestro luto. Pero sabemos algo: estamos ayudando al prójimo. La Palabra de Dios dice en Romanos 8:28 que a los que amamos a Dios, todas las cosas nos ayudan para bien.", dice con firmeza y lágrimas en los ojos.
Desde entonces, la iglesia se transformó en un centro comunitario donde voluntarios preparan desayunos, almuerzos y cenas; clasifican ropa, distribuyen alimentos y organizan kits de higiene para que cada familia reciba lo que realmente necesita.
Para María, servir también ha sido una forma de sostener su bienestar emocional en medio del duelo. Aunque reconoce que las heridas siguen abiertas y que muchas personas enfrentan una profunda afectación en su salud mental tras perder familiares, viviendas y proyectos de vida, encuentra fortaleza en la fe y en la posibilidad de acompañar a otros.
"Desde el primer momento hemos visto la mano de Dios a través de cada una de las ayudas de parte de las personas que donan (a través de World Vision). Esto no es casualidad. Dios siempre tiene un propósito con todas las cosas", expresa.
Aun así, sabe que la recuperación será larga. Más allá de la ayuda inmediata, las familias necesitan reconstruir sus vidas desde un lugar seguro.
"La gente necesita vivienda. ¿Qué hacemos con la ropa o la comida si las personas no tienen dónde vivir? Nosotros mismos perdimos completamente nuestro apartamento. La urgencia ahora es tener un lugar donde empezar de nuevo."
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Mientras la respuesta humanitaria continúa, María insiste en que la solidaridad ha sido un recordatorio permanente de que nadie enfrenta el dolor completamente solo. Ella los llama "ángeles".
"Hemos recibido ángeles de muchas partes. Llegan equipos de trabajo que nos ayudan a preparar las comidas y a organizar todo lo que llega para las familias. Es mejor dar que recibir", afirma.
Su historia refleja una realidad compartida por miles de personas afectadas por el desastre: el impacto emocional permanece incluso cuando termina la emergencia. El miedo, el duelo y la incertidumbre forman parte del proceso de recuperación. Sin embargo, también demuestra que el apoyo de la comunidad, el acompañamiento psicosocial y la esperanza pueden convertirse en pilares para sanar.
Por ello, World Vision está apoyando la iglesia de la pastora María con implementos de cocina para preparar comidas calientes para la comunidad, además de entregar kits de alimentos listos para consumir y agua potable a las familias afectadas. En los próximos días, la respuesta se fortalecerá con la instalación de baños y lavamanos de emergencia, así como con la entrega de más implementos de cocina y kits de higiene, contribuyendo a que las comunidades recuperen condiciones de vida seguras y dignas mientras avanzan en su proceso de recuperación.
Hoy, María continúa sirviendo desde la iglesia que abrió sus puertas a quienes más lo necesitan. Aunque todavía carga el peso de una pérdida imposible de reemplazar, sigue convencida de que el amor puede sostener incluso en medio del dolor.
"No entendemos todo lo que ha pasado, pero sabemos que Dios tiene un propósito. Sigamos unidos. El amor todo lo puede, todo lo soporta y todo lo entiende."
María, no es solo una sobreviviente del terremoto que devastó gran parte de La Guaira. Es pastora y durante años ha dedicado su vida a acompañar a otras personas desde la fe. Conoce su historia y su resiliencia en medio de la catástrofe.
World Vision ha realizado 62.440 atenciones humanitarias lo que traduce una atención de 36.720 personas, correspondientes a 4.652 hogares, mediante acciones de seguridad alimentaria, agua, saneamiento e higiene (WASH), protección de la niñez y apoyo en alojamiento temporal 23 días luego del terremoto.
Más de 520 familias ya recibieron kits de higiene y canastas de alimentos desde World Vision como parte de la respuesta inmediata, mientras la organización avanza hacia acciones de protección integral para la niñez.
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